Recientemente, he visto a alguien discutir sobre la minería de Bitcoin y no pude evitar compartir mi opinión. La verdad, este tema parece simple, pero en realidad merece una reflexión profunda.



Primero, comencemos con un dato: hace unos años, un estudio de la Universidad de Cambridge indicó que el consumo de energía de la minería de Bitcoin alcanzaba los 134.89 teravatios-hora, y si se lo considerara un país, estaría en el top 30 en consumo eléctrico mundial. Este número suena un poco absurdo, pero pensándolo bien, no es difícil de entender. En los primeros días, Satoshi Nakamoto podía minar 50 bitcoins con una computadora doméstica, pero a medida que más personas entraron en el mercado, la dificultad se multiplicó. La minería se convirtió en una carrera armamentística, donde los mineros deben actualizar continuamente sus máquinas y comprar más potencia de cálculo para mantenerse al día. Como resultado, el consumo de energía también creció exponencialmente, y este proceso continuará hasta 2140, cuando se detenga.

Lo que más me impresionó fue un informe que decía que antes de 2021, casi el 70% de las granjas de minería de Bitcoin en el mundo estaban en China. Los mineros iban en época de lluvias a Yunnan, Guizhou y Sichuan para comprar electricidad barata, y en época de sequía, se trasladaban a Xinjiang y Mongolia Interior para usar energía térmica. Algunos predijeron que para 2024, el consumo anual de electricidad de la minería de Bitcoin en China sería equivalente a la generación anual de 3.5 presas de las Tres Gargantas. Imagínense, esa electricidad que podría usarse en lugares más productivos, se desperdicia en la minería.

Pero eso no es lo más frustrante. El verdadero problema es que, con los recursos enormes que se gastan en la minería, los bitcoins obtenidos en realidad no tienen mucho valor práctico. No son bienes de primera necesidad, no son artículos esenciales para la vida; desde la perspectiva de la teoría del valor trabajo, su valor es prácticamente cero. La intención original de Bitcoin era desafiar el dominio del dólar, pero ahora se ha convertido en una herramienta pura de especulación. Desde unos pocos centavos, hasta 68,000 dólares, todo esto es una burbuja. Su único valor puede residir en los costos de electricidad y hardware que se han desperdiciado.

Por eso, en China, posteriormente se tomó una postura firme contra Bitcoin. Además del consumo de recursos en la minería, la anonimidad de Bitcoin se convirtió en un refugio natural para el lavado de dinero y el tráfico de drogas, lo cual representa una amenaza para la seguridad financiera. Más importante aún, pone en riesgo la soberanía monetaria. El ejemplo de El Salvador lo ilustra claramente: ese pequeño país convirtió a Bitcoin en moneda de curso legal, pero fue golpeado duramente en un mercado bajista, con pérdidas de millones de dólares. La estabilidad económica de un país no puede basarse en activos especulativos de este tipo.

Al final, la minería es como un pozo sin fondo. La tecnología avanza, la dificultad aumenta, el consumo de energía crece, pero el valor se deprecia. Esta desconexión en sí misma revela el problema. Para las personas, participar en esto es como apostar; para los países, dejar que se desarrolle es un autoengaño. Por eso, las políticas internas son en realidad la opción más racional.
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