Miré un caso histórico bastante interesante, sobre Venezuela y esa supuesta 'criptomoneda soberana' llamada Petro. La verdad, el proceso de fracaso de este proyecto casi puede servir como un libro de texto de 'cómo arruinar una buena idea'.



La historia es así. A principios de 2018, la economía venezolana ya había colapsado por completo. La inflación alcanzaba casi el 1,000,000%, la moneda bolívar era papel mojado, y las sanciones de Estados Unidos habían aislado a esta potencia petrolera casi por completo del sistema financiero global. En medio de esa desesperación, el gobierno de Maduro pensó en una 'solución brillante': emitir Petro, una criptomoneda respaldada por la soberanía del Estado y sustentada en reservas de petróleo. ¿Suena grandioso, verdad? En realidad, solo era un show político.

En ese momento, la campaña fue sin precedentes. El gobierno convirtió las pensiones en pagos en Petro, y los bonos navideños de los funcionarios públicos y militares también se transformaron en este activo digital. Incluso, en Navidad de 2019, Maduro transmitió en vivo por televisión un 'regalo' de 0.5 Petro a los jubilados. Imagínate: un profesor jubilado con su teléfono, queriendo ver cuánto valía en bolívares ese medio Petro, pero el sistema se colapsaba constantemente y no podía consultarlo. Esa es la verdadera experiencia del usuario.

El gobierno también intentó llevar Petro al escenario internacional. Se dice que incluso el gobierno de Putin dio su visto bueno, Rusia envió dos asesores para diseñar el proyecto y prometió inversión. Venezuela quería que Petro fuera la moneda de liquidación unificada de los países OPEP, para desafiar la hegemonía del dólar. El ministro de petróleo afirmó públicamente que sería un medio de pago aceptado por todos los países OPEP. Suena ambicioso, pero la realidad pronto lo desmintió.

La reacción del público fue un solo palabra: indiferencia. En la publicación de Maduro en Facebook anunciando Petro, el comentario con más 'me gusta' decía: 'No puedo creer que todavía haya quienes apoyen a este gobierno horrible'. Un periodista venezolano en Twitter dijo algo muy punzante: 'Petro es la droga de este país fallido'. Pero lo más duro fue la experiencia real: el proceso de registro era extremadamente riguroso, pedían subir DNI, dirección detallada, número de teléfono, pero muchas veces rechazaban las solicitudes sin razón aparente. Y aunque lograbas registrarte, el sistema 'Billetera Patria' se caía con frecuencia. Una mujer venezolana dijo algo muy representativo: 'Aquí, ni siquiera siento que Petro exista'.

El gobierno estadounidense no se quedó de brazos cruzados. Solo un mes después del lanzamiento de Petro, Trump firmó una orden ejecutiva que prohibía a los ciudadanos estadounidenses comprar, poseer o comerciar con Petro. El Departamento del Tesoro dejó claro que cualquier transacción relacionada con Petro sería considerada una violación de las sanciones contra Venezuela. Más tarde, EE. UU. sancionó también al banco ruso Evrofinance Mosnarbank, por financiar el proyecto Petro. El Departamento del Tesoro fue directo: Petro es un proyecto fallido, diseñado para que Venezuela evadiera las sanciones económicas de EE. UU.

Pero el problema real no era la presión externa, sino el propio proyecto. Desde el punto de vista técnico, Petro no era una criptomoneda descentralizada de verdad. Era una base de datos central controlada por el gobierno. ¿Qué significa eso para el venezolano común? Que el valor de Petro en su billetera no lo decide el mercado, sino que puede ser modificado por una orden presidencial a voluntad.

El gobierno afirmó que cada Petro estaba respaldado por un barril de petróleo, proveniente de Atapirire en el sur de Venezuela, que supuestamente tenía 5.3 mil millones de barriles en reservas. Pero tras una inspección en terreno, periodistas de Reuters encontraron caminos destrozados, equipos oxidados en los pozos, y una zona cubierta de maleza, sin señales de una explotación petrolera a gran escala. El exministro de petróleo, Rafael Ramírez, estimó que para extraer esas 5.3 mil millones de barriles se necesitarían al menos 20 mil millones de dólares, y para un gobierno que apenas puede importar alimentos básicos, eso es pura fantasía. Él mismo dijo sin rodeos: 'El valor de Petro es una cifra arbitraria, solo existe en la imaginación del gobierno'.

Aún más absurdo fue que el gobierno modificó discretamente la proporción de respaldo de Petro. De un respaldo inicial del 100% en petróleo, pasó a una mezcla de 50% petróleo, 20% oro, 20% hierro y 10% diamantes. Cambiar las 'white papers' a voluntad, incluso en el mundo de las criptomonedas, es una mancha.

En el plano técnico, el problema es aún peor. Aunque Petro afirmaba estar basado en blockchain, su explorador de bloques mostraba datos completamente anómalos. La white paper decía que se generaba un bloque cada minuto, pero en realidad, los bloques se creaban cada 15 minutos, y casi no había transacciones en la cadena. Criptomonedas descentralizadas como Bitcoin tienen su precio determinado por el mercado, pero el de Petro siempre estuvo controlado por el gobierno. La tasa de cambio oscilaba de 1 Petro por 3,600 bolívares, a 6,000, luego a 9,000. El precio oficial se anunció en 60 dólares por Petro, pero en el mercado negro de Caracas, si tenías suerte, podías conseguir menos de 10 dólares en equivalentes en efectivo o en bienes. Es decir, un simple instrumento de control gubernamental disfrazado de blockchain.

Y la última gota fue un escándalo de corrupción masivo. El 20 de marzo de 2023, estalló un 'terremoto' en la política venezolana. El ministro de petróleo, Tareck El Aissami, anunció repentinamente su renuncia. Días antes, la policía anticorrupción había arrestado a su asistente cercano, Joselit Ramírez Camacho, responsable de SUNACRIP, la agencia reguladora de moneda digital y núcleo del proyecto Petro.

A medida que avanzaba la investigación, salió a la luz una red de corrupción que involucraba decenas de millones de dólares. La fiscalía, a cargo de Tarek William Saab, reveló que algunos altos funcionarios usaron la agencia de regulación de criptomonedas, que operaba paralelamente a la petrolera estatal, para firmar contratos de envío de petróleo 'sin ningún control administrativo ni garantía'. Los fondos de esas ventas no entraban en las cuentas de PDVSA, sino que se transferían mediante criptomonedas a bolsillos de los funcionarios. La investigación estima que esa red de corrupción movió entre 3,000 y 20,000 millones de dólares, que se usaron para comprar bienes raíces, criptomonedas y mineros.

En abril de 2024, arrestaron a Tareck El Aissami, por cargos de traición, lavado de dinero y crimen organizado. Más de 54 personas fueron acusadas por participar en esa red corrupta. La crisis de corrupción destruyó por completo la industria de criptomonedas en Venezuela. SUNACRIP dejó de operar, el gobierno lanzó una ofensiva nacional contra la minería, confiscó más de 11,000 ASICs y cortó el suministro eléctrico a todos los mineros. Para 2024, el gobierno prohibió las transacciones de Petro, ordenó detener toda minería y cerró las plataformas autorizadas. Una industria que en su momento fue promovida con entusiasmo por el Estado, quedó destruida por un escándalo de corrupción.

Irónicamente, el fracaso de Petro no fue por las sanciones de Washington, sino por su propia podredumbre. Una herramienta que se pensó para desafiar las sanciones externas terminó siendo un canal para que los funcionarios lavaran dinero.

Este caso refleja toda la lógica del fracaso en la gobernanza venezolana. Frente a problemas estructurales profundos, el gobierno optó por montar un show tecnológico a gran escala, usando una ilusión digital para esconder la podredumbre económica real. Como un edificio con cimientos colapsados, los gestores solo le dieron una mano de pintura a la fachada. Es un típico 'tira y afloja' con la realidad.

El valor de una moneda digital siempre depende de la credibilidad del emisor. En un país con inflación de millones y sin bienes básicos garantizados, ¿qué credibilidad puede tener el gobierno? La gente ya no confía ni en su moneda tradicional, ¿cómo va a aceptar una criptomoneda completamente nueva? Petro, en realidad, solo consumió la última reserva de credibilidad que le quedaba al Estado.

Imagina a una profesora jubilada, cuyos ahorros se evaporaron por la inflación, obligada a convertir su pensión en Petro. Ella con su teléfono, visitando tienda tras tienda, y siempre le dicen: 'No aceptamos eso' o 'el sistema está caído'. Esa es la realidad de las personas comunes.

El problema de fondo de la economía venezolana radica en sus fallas estructurales. El país cayó en un típico 'enfermedad de Holanda', demasiado dependiente del petróleo, lo que llevó al colapso de la manufactura y a una economía extremadamente monocultural. Cuando el precio del petróleo cae, toda la economía se derrumba. Petro intentó usar el petróleo como ancla, pero solo reforzó esa dependencia, sin resolver los problemas de fondo.

Desde el punto de vista técnico, también fue un desastre. La falta de capacidades básicas para implementar un proyecto blockchain fue evidente desde el inicio: datos de bloques anómalos, fallos en los sistemas de pago, mecanismos de fijación de precios arbitrarios, cada detalle mostraba un nivel amateur, incluso por debajo de un estudio de outsourcing en Shenzhen.

Hoy, Petro ha quedado en el olvido. El experimento de Maduro de 'salvar' a Venezuela terminó en un fracaso rotundo. El país sigue en el lodo, y su gente sigue sufriendo en medio de la inflación. La verdadera salida no está en buscar otro 'Petro' o criptomoneda milagrosa, sino en tener el valor de afrontar la realidad, volver al sentido común y comenzar esa transformación que, en realidad, debería haberse iniciado hace mucho, pero que por su dificultad, parecía imposible.
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